Sin contentar a nadie

Así acaban las esperanzas puestas en la cita de Copenhague. Si al carácter vinculante del Protocolo de Kioto no se adhirieron los países más contaminantes, en Copenhague los mismos protagonistas, EEUU y China, acaban suscribiendo un acuerdo de mínimos cuya principal característica es que no contempla medidas concretas ni obligaciones para los países que lo suscriben.

Una decepción. Tal y como se temía la Cumbre de Copenhague no ha conseguido fijar objetivos de reducción de emisiones. Un tímido brindis al sol, con un proceso negociador al margen del plenario que alumbra un acuerdo fruto de una negociación in extremis, en el que los que más contaminan no está dispuestos a adquirir compromisos con la comunidad internacional.

El acuerdo reconoce la necesidad de contener el aumento de la temperatura media del planeta en dos grados, el límite para que los efectos puedan ser reversibles

El acuerdo de Copenhague tiene claramente un grado de concreción menor que el del Protocolo de Kioto, a pesar de que la situación es ahora mucho más preocupante que hace una década con un visible efecto del cambio sobre ecosistemas básicos del planeta.

En esta cita no bastaba con un compromiso concreto de reducción de las emisiones si no iba acompañado de los recursos y métodos para alcanzarlo, que implican necesariamente cambios profundos en nuestros hábitos de consumo energético, en nuestras formas de movilidad y en la imparable actividad industrial.

Estados Unidos, el primer país en emisiones per cápita centro el proceso que gestó el acuerdo junto a China, con más de cuatro veces su población en emisiones globales, que no aceptó compartir esfuerzos con los demás países desarrollados en el Protocolo de Kioto, y que ahora tampoco está dispuesta a renunciar a un crecimiento económico que la consolide como la segunda potencia económica del mundo.

El tímido acuerdo final no incluye cómo hacer vinculantes los compromisos para lograr contener el ascenso de la temperatura en un máximo de dos grados. En el texto no se establece ni la concentración de CO2 necesaria para lograr ese objetivo, ni el año del máximo de emisiones, entre 2015 y 2020, ni la necesidad de que en 2050 sean la mitad que en 1990.

La pregunta es, qué va a pasar ahora. El sistema de Naciones Unidas, en el que las decisiones se toman por consenso, parece que ha llegado al límite. Si, como ha ocurrido, los acuerdos se resuelven entre los grandes en una sala a puerta cerrada algo habrá que cambiar en la próxima ocasión. Si llega.

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