El peso de China en Copenhague

En la década de los 80, en plena China post maoísta, eclosionaban los valores tradicionales y religiosos conservados clandestinamente por el campesinado mientras en las ciudades emergían diferencias sociales y aspiraciones de individualismo que rompían gradualmente la imagen uniforme que se percibía en el exterior.

China ya gozaba de una autonomía política plena en el concierto mundial y en el interior irrumpían iniciativas empresariales y una nueva estructura familiar dentro del sistema.

Un país autoritario, profundamente jerarquizado, en el que hasta los factores demográficos son controlados por el Estado, descubrió incluso una nueva forma de vida a la sombra de un capitalismo primario, de una industrialización de mano de obra barata y captación de capital foráneo.

Estos cambios progresivos, aunque profundos que afectan a 1,3 millones de personas, se debieron también a los dirigentes de un partido que eran en sí mismo una sociedad compleja y adaptable a los cambios que pudieran condicionar su estatus de clase dominante. Elites dinámicas en contraste con la inercia política del aparato del partido y una sociedad inquieta que inexorablemente querían bienestar, se reubicaban en el espacio político, lo ocupaban y rompían los aspectos más visibles del socialismo realmente existente.

Tras esta primera fase, la China actual crece hasta convertirse en la segunda potencia económica mundial. Superado el capitalismo de ensamblaje, es el país que recibe el mayor volumen de inversiones extranjeras directas alcanzando los 70.000 millones de dólares en 2004; es el tercer importador y el cuarto exportador mundial: es un productor cada vez más cualificado y competitivo siendo especialmente fuerte en informática, electrónica e industria del acero.

Esta posición se ve refrendada por cifras básicas, a pesar de las 60.000 mil infracciones estadísticas en las que incurre cada año el gobierno chino.

El déficit comercial de los EEUU ante China asciende a 207.000 millones de dólares anuales (más de un tercio del total). Es el primer importador de materiales básicos como la soja o el algodón y el primer generador de empleo privado en USA. El distribuidor Wal-Mart, importa el 70% de sus productos del antiguo Imperio Medio.

Un déficit comercial que influye en el curso del dólar y del que las autoridades chinas pretenden sacar ventaja, incluso diplomática, en su proceso de expansión económico y financiero por el mundo.

EEUU compra un 50% más de lo que vende al exterior y su alto grado de crecimiento depende de las inversiones del  exterior a través de la adquisición de bonos del Tesoro.

Pero esta nueva forma de capitalismo avanzado que recorre toda la costa china ha transformado la naturaleza de sus relaciones económicas incrementando de forma imparable el consumo, para lo que es imprescindible importar masivamente. Es el primer importador de cemento, – haciendo acopio del 55% de la producción mundial- , el 40% de carbón, el 25% de acero, el 25% de níquel y el 14% de aluminio.

Pero el dato más significativo es su condición de segundo importador  mundial de petróleo tras EEUU y no debería ignorarse que desde 2001 es miembro de la Organización Mundial de Comercio y que, como sexta economía del planeta, debería sentarse en las reuniones del G8.

No cabe duda del alto impacto que China genera sobre la economía mundial cuando en 1976 sólo representaba el 1% de la economía mundial. En 2015 generaría el 15% de la producción mundial y parece que es voluntad de los chinos y de su gobierno,  y a pesar de haber ratificado el Protocolo de Kioto en 2002 y de ser el segundo país más contaminante del planeta, que se creen las condiciones objetivas para erradicar las condiciones de penuria que afectan a la mayoría de la población. Por tanto, no parece razonable pensar que su estrategia medioambiental pase por asumir compromisos concretos de emisiones.

Cuando en 2014 sea la primera potencia económica habrán necesitado consumir desde once años antes la energía equivalente a EEUU y Japón.

Pero si China no dispone del petróleo suficiente para cubrir sus necesidades de desarrollo tendrá que aplicar su programa nuclear construyendo dos centrales atómicas por año durante los próximos dieciséis.

China posee actualmente el mayor programa de desarrollo nuclear de su historia que contempla la construcción de las referidas 32 nuevas centrales que sustituirían a las contaminantes de carbón, aunque sólo producirán el 4% del consumo eléctrico en 2020.

China es el país en el que el consumo de petróleo aumenta con más rapidez y tiene otras explicaciones, o aplicaciones, ajenas a las necesidades industriales básicas. En 1984 se adquiere el primer automóvil privado, hoy se tarda una hora para recorrer 25 kilómetros de cualquiera de los cinturones que circunvalan Beijing por obra y gracia de los 2 millones de vehículos que los colapsan en hora punta. En septiembre de 2003 se abrió el primer local de comida rápida que atiende servicios desde los vehículos de sus clientes. La compra de automóviles ha aumentado un 70% desde 2002 y de mantenerse estos niveles de consumo en veinte años se necesitarían diez millones de barriles diarios de petróleo.

El 1% de la población, 13 millones de chinos, puede acceder a algún producto de lujo y es público objetivo del “branding” de las grandes marcas. Una audiencia objetiva para estos productos que los analistas que elaboran el informe sectorial de Morgan Standley  estiman en 100 millones de personas.

Hace dos décadas 200 millones de chinos vivían en la más severa pobreza, hoy se ha reducido esta cifra a 20 millones, aunque el Banco Mundial estima que más de 400 millones viven con menos de dos dólares diarios en contraste con los 50 mil chinos que han acumulado fortunas de más de 10 millones de dólares y más de 200 acumulan más de 100 millones de dólares.

Tampoco debería extrañarnos que las multinacionales chinas hayan saltado la muralla y estén desatando el período de prosperidad más intenso de su historia reciente. Se ha iniciado una imparable expansión internacional.

El 60% de las inversiones chinas en el extranjero tienen como única finalidad la adquisición de fuentes de recursos naturales, y todo ello de la mano de empresas en las que el gobierno chino actúa como propietario y administrador, violentándose así principios básicos de su política exterior tradicional.

En enero de 2005 finalizó el acuerdo que limitaba la importación de textiles de los países en desarrollo hacia Europa y EEUU, creciendo las ventas chinas y destruyéndose tejido industrial en la cuenca mediterránea española.

Pero en África la presencia comercial china, basada en el viejo esquema de cooperación internacional y no intromisión en los asuntos internos de países que han sufrido tensos períodos de descolonización y que fueron gradualmente abandonados por norteamericanos y soviéticos tras la guerra fría, ha dado paso a una estrategia comercial agresiva y pragmática.

En el 2020 necesitará importar el 60% de su energía, lo que le obliga a ignorar todo tipo de prejuicios, incluso ante el petróleo chadiano y sus relaciones diplomáticas con Taiwán.

Lejos quedan ya aquellos tiempos de la asistencia altruista e ideológica con los países descolonizados por los que transitaron 15.000 médicos y más de 10.000 ingenieros agrónomos chinos. Ya son 674 las empresas chinas radicadas en el continente que la convierte en el tercer socio comercial de África después de EEUU y Francia y por delante de Reino Unido.

Cobre zambiano, búsqueda de petróleo en Gabón, telecomunicaciones en Etiopía, minería en el Congo, la renovación de la ruta Mombasa-Nairobi y el lanzamiento del primer satélite nigeriano son prueba más que elocuente de su creciente influencia. Pero además el 60% de los cuatro millones de metros cúbicos de madera en bruto que se exportan desde África tienen su destino en Ásia y el 96% de esa cantidad recala en puertos chinos.

La  diplomacia china actual ha demostrado que se sustenta en el despliegue de estrategias polivalentes. Su desembarco en los países industrializados ha hecho suya la máxima de marketing de que todo proceso de lanzamiento de una marca debe estar precedido de una buena campaña de relaciones públicas.

China está de moda.  En Sydney, el Instituto Lowy apunta que un 69% de los australianos encuestados expresan “sentimientos positivos” hacia China, reduciendo sus simpatías por los EEUU a un 58%. Las técnicas persuasivas chinas van más lejos en sus resultados por consolidar su “poder nacional total” o zonghe guoli. Pekín define este concepto como un conjunto de atributos que abarca desde su potencial económico, militar o cultural hasta las variables que determinan su grado de prestigio internacional o proyección positiva exterior.

La expansión de su cultura atrapa a Occidente como lo hizo Japón en la década de los 90. Actualmente hay 100 millones de personas en el mundo que estudia mandarín. 2.300 universidades en más de 100 países ofrecen cursos de aprendizaje en sus diferentes niveles. Hoy, según fuentes educativas chinas, hay más de 100 mil estudiantes extranjeros cursando estudios en sus universidades, más que los estudiantes chinos desplazados al exterior.

Sobre la proyección del mandarín como reflejo de la imagen de la nueva China que proyectan sus dirigentes, modelo de liderazgo equilibrado y responsabilidad internacional, basta remitirnos al informe anual de Accenture de 2005, ya que según la consultora internacional el mandarín sería desde 2007 la lengua más utilizada en Internet.

Desde las películas de Zhang Yimou, hasta la acupuntura –12 mil especialistas registrados en USA -, la dietética y la fitoterapia; desde el tai-chi hasta las comunidades exteriores perfectamente arraigadas en el tejido económico local, de los países receptores, todo es una prueba palpable de que China arrasa. Esta capacidad de atracción han situado a China como el destino más demandado por los turistas del área Ásia-Pacífico y el cuarto país más visitado del mundo. Pekín atrae más turistas que Venecia o Florencia, en 2004 recibió 109 millones de visitantes, este año Air Europa ofrece vuelos directos con Pekín y Shangai desde Madrid. Según la Organización Mundial del Turismo, en 2020 será el país más visitado del planeta y el cuarto país emisor.

Ya en 2003 recibió 72,5 millones de visitantes asiáticos, mayoritariamente japoneses y coreanos, 26 millones de europeos, de entre los que destacan 14 millones de rusos y 10,5 millones de EEUU y Canadá.

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