A unos pocos días de Copenhague

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192 países representados en la Asamblea General de la ONU acordaron en Bali en 2007 promover la firma de un tratado vinculante para luchar contra el cambio climático, sustituyendo así al Protocolo de Kioto. La cita sigue siendo diciembre en Copenhague, pero parece que la resolución se limitará a un acuerdo político de menor calado.

La dificultad conocida desde el encuentro previo de Barcelona se situaba en la financiación de la iniciativa, a la carga de responsabilidad que debían asumir los países desarrollados garantizando así que tanto las economías emergentes como las no desarrolladas participarían de una acción que requiere una coordinación global para garantizar su eficacia.

Este escenario pesimista contrasta con la opinión manifestada por algunos analistas  que insisten en que algunos participantes clave tienen razones objetivas para desarrollar una política medioambiental más agresiva controlando sus emisiones.

La administración norteamericana tiene claro que su industria del automóvil debe reconvertirse para dar respuesta a su hundimiento tras ofrecer a los consumidores vehículos de alto consumo sin detectar que se había producido un cambio de hábitos. Actualmente, el impulso a los vehículos eléctricos es una parte sustancial de la estrategia del sector en USA que asume la necesidad de producir unidades más ecoeficientes. En cualquier caso, esta estrategia sectorial se inscribe en una acción global para favorecer una salida de la crisis transformando el modelo de producción energética tal y como ha anunciado los últimos meses el Presidente de EEUU. Este ambicioso programa tendrá como consecuencia una reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.

El domingo pasado, Obama y el presidente chino, Hu Jintao, admitieron que no habría un acuerdo vinculante en diciembre. Pero dos días después, ante el impacto negativo de sus declaraciones, el presidente estadounidense dijo que sí quería un acuerdo político y que su país estaba comprometido

Los analistas más optimistas sitúan a China entre el grupo de países emergentes que tiene una emergencia planteada en relación con la creciente contaminación de sus grandes ciudades. Otros analistas apuntan que no debemos olvidar que China no renunciará a un crecimiento económico que exige un consumo de materias primas y sobre todo de energía que le obligará a la puesta en marcha de un ambicioso programa nuclear.

Hace dos años, China y el resto de economías emergentes (India, Brasil, México…) se negaban a limitar sus emisiones. Hoy, China aún no ha anunciado su compromiso de emisiones, aunque tiene un plan de eficiencia energética que algunos afirman que reducirá más las emisiones que el paquete de la UE contra el cambio climático. El secretario de la Convención contra el Cambio Climático de la ONU, Yvo de Boer, ha afirmado que “China está en la vanguardia de la lucha contra el cambio climático” y aspira a inundar el mundo con sus aerogeneradores y sus paneles solares. A lo que se opone, y eso sí que es grave para la negociación, es a que la ONU audite sus emisiones, porque con ellas se puede conocer toda su política económica.

Finalmente, la Unión Europea que ha asumido, como publicábamos en un anterior artículo, que tiene una responsabilidad en la financiación de los programas acordados, si sólo se suscribe un acuerdo de mínimos deberá impulsar su propio plan de medidas orientado al aumento de su independencia energética de Rusia.

Rusia explota en Siberia un territorio equivalente a la superficie de Francia y desde sus primeras prospecciones en los años sesenta ha extraído 40 millones de barriles hasta controlar un flujo de producción y una red de distribución que hoy abastece a los países de la UE con un tercio de las importaciones de crudo que consumen hasta alcanzar los 45 mil millones de dólares.

El impulso a las energías renovables esconde la ruptura de esta dependencia de una potencia que ha encontrado en su condición de productor de hidrocarburos una fuente de influencia política en la zona frente a la tradicional identificación con su potencial militar.

La cuestión ahora es valorar si estos esfuerzos aislados nos alejan aún más de una lucha efectiva contra los efectos del cambio climático. Sin las nuevas economías o con la exclusión de aquellos que no puedan financiar sus programas medioambientales  sin comprometer su supervivencia económica, parece difícil pensar que cualquier acción local, por importante que ésta sea, tendrá éxito ante un reto de esta magnitud.

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